Dos o tres para compartir entre dos es la medida.
Plátano macho maduro, jengibre, pimienta de Selim, una cucharada de miel con chile seco.
Cuatro piezas, mantequilla de ajo, lima y pan para rebañar.
Quemada hasta que se deshace, con cacahuete tostado, limón y hierbabuena.
Queso de cabra local, higos del árbol que da nombre a la sala, tomillo, pimienta negra.
Dos brochetas, especias yaji, cebolla roja y un gajo de lima.
Horneado aquí cada tarde. La mantequilla se monta con aceite de palma rojo y sal.
Del lago, abierta al carbón, shito aparte, kenkey o patatas.
Cocinada toda la noche, con hueso, arroz y algo de su jugo.
Treinta días en hueso, poco hecho salvo que digas lo contrario, mantequilla de pimienta.
Judías carilla guisadas en aceite de palma, plátano frito y un huevo poco cuajado encima.
Cocinado en la olla con el pollo, así coge el humo. Un plato, no una guarnición.
Okro, berenjena africana, leche de coco y arroz. Lo que come la cocina al cerrar.
Estofado cuatro horas en tomate y chile, rematado con migas crujientes de banku.
Hecho con las hojas del patio. Sabe vagamente a coco y nadie sabe por qué.
70% ghanés, masa quebrada y una buena pizca de sal.
Frío, punzante y casi tan ligero como puede ser un postre.
La carta completa está en la mesa. Una noche tranquila, todo se puede servir por copas.
Seco, algo ceroso, va bien con la tilapia.
Lo bastante ligero para pasar veinte minutos en frío antes de llegar a la mesa.
Así empieza aquí casi todas las mesas.